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martes, 2 de mayo de 2017

La Envidia y los Celos en el Ministerio

Muchas personas que han perdido espacio en sus movimientos y denominaciones no pueden tolerar que Dios use a otros para llevar adelante la obra espiritual.


“Entonces levantándose el sumo sacerdote y todos los que estaban con él, esto es, la secta de los saduceos, se llenaron de celos; y echaron mano a los apóstoles y los pusieron en la cárcel pública” (Hechos 5:17-18)

Los apóstoles Pedro y Juan eran dos personas comunes y corrientes. Dos pescadores. No poseían grandes conocimientos. El sumo sacerdote y la secta de los saduceos, en cambio, eran unos hombres ilustrados, estudiosos de la ley, conocían los mandamientos a la perfección. Sin embargo, “por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios... y los que creían en el Señor aumentaban más, en gran número así de hombres como de mujeres”. 

Los saduceos sólo podían causar temor en la gente, cada vez se encontraban más solos, las personas los rechazaban y su legalismo tradicional no tenía nada ver con las necesidades de la gente.

¿Cuál era la diferencia? Los apóstoles estaban “llenos del Espíritu Santo”, en cambio Anás, Caifás y los ancianos de Israel estaban “llenos de celos”. No podían tolerar que Dios usara a otras personas en lugar de ellos que eran los “representantes oficiales” de los asuntos religiosos del pueblo. 

Estos señores no habían causado ninguna influencia espiritual en la gente, por eso criticaban que otros hicieran lo que ellos no habían podido lograr. Los amenazaban, pero los apóstoles les decían “no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”. 

Pedro y Juan habían conocido al Señor, los fariseos y saduceos sólo una religión; una forma, una tradición. ¿Qué habían visto y oído estos religiosos...? Quizá algunos de ellos, eran personas correctas, de buenas familias, pero no tenían ni idea del obrar milagroso de Dios, y lo que es peor, tampoco la humildad de reconocer que la gente estaba experimentando un avivamiento espiritual.

Lamentablemente hoy en día, muchas personas que han perdido espacio en sus movimientos y denominaciones no pueden tolerar que Dios use a otros para llevar adelante la obra espiritual.
Se han quedado en sus costumbres, sus iglesias no crecen, su vida espiritual decae, y en lugar de acercarse a otros que Dios está usando para causar un impacto en la sociedad, tienen la soberbia de criticarles y decirles que su única motivación es la ambición personal. 

En su cruzada en defensa de la “sana doctrina” tratan de arrastrar a personas con buenas intenciones, pero que a veces, en su excesiva bondad, caen en la ingenuidad. No les importa escuchar los testimonios de vidas cambiadas, familias restauradas,... lo más importante es la sana doctrina. Se sientan encima de sus opiniones y de allí nadie les mueve. 

Gracias a Dios por los hombres y mujeres que están trabajando para que miles y millones sean alcanzados para Cristo, para que las ciudades sean ganadas para el Señor, para que no sigamos creyendo la mentira de Satanás que “somos un pequeño pueblo muy feliz” No niego que muchas personas cometan errores, que quizá algunos tengan motivaciones personales, pero eso no invalida el trabajo de la gran mayoría que está orando, buscando el rostro de Dios y humillándose para que nuestro Señor sane nuestra tierra tan enferma.

Querido maestro, diácono, pastor no tengas temor de trabajar para el Señor. No te avergüences del éxito. Procura tener una iglesia lo más grande posible, trata de alcanzar a miles con el evangelio. De llegar a todos los medios de comunicación posible, de ser la persona más conocida de tu barrio, de causar un impacto tan grande que en toda tu comunidad se enteren del trabajo de tu congregación. 

Escucha los consejos, pero rechaza las críticas destructivas. No dejes de decir lo que has visto y oído. Pero nunca olvides que “no nos predicamos a nosotros sino a Jesucristo resucitado”. Con esta motivación cumplí el propósito para el cual fuiste llamado. La voluntad de Dios es la salvación del mundo, no de unos pocos sabios en doctrina. No desmerezco la teología, dedico un tiempo todos los días, para el estudio sistemático. 

En este momento además de fundar una congregación que está impactando su comunidad, de ejercer la abogacía desde hace quince años, junto con la docencia, estoy realizando dos carreras teológicas y de organización educativa. Es importante la preparación, la reflexión, pero el Apóstol Pablo, quizá el cristiano más preparado de su tiempo, nos decía que el evangelio no consiste en palabras sino en poder de Dios. 

Oremos por otros, para que sus ministerios sean mayores que los nuestros, para que sus iglesias crezcan más que las nuestras, para que Dios los guarde de caer en pecados y tentaciones: No tengamos envidia de otras personas que Dios está usando, tratemos de imitar su fe. Dejemos de lado nuestro individualismo, nuestro afán de poder, alegrémonos con el éxito del hermano. 

La iglesia de Jesucristo es una, y cuando dejemos de lado nuestro orgullo y humildemente aceptemos al otro, con sus diferencias, como parte de mi propio cuerpo, sufriendo con sus caídas y alegrándome con sus triunfos, vamos a cumplir con la voluntad que Jesús expresó: “que seamos uno, para que el mundo vea y crea”.

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