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lunes, 8 de junio de 2015

No cuestiones a Dios



Días atrás, revisando el archivo de películas que la tecnología digital del siglo XXI nos permite, dí justo –no importa en este caso de qué película se trata– con la escena en la que el enorme y malhumorado mamut lleva junto a sus amigos, un perezoso y un tigre dientes de sable, a un niño pequeñito perdido para devolverlo a su padre humano. El mamut ve en una pintura rupestre en una cueva una cacería de mamuts y revive intensamente el recuerdo de la matanza de su pareja y su bebé a manos de los despiadados seres humanos. En ese momento, el bebé humano extiende sus bracitos y dulcemente lo abraza con ternura. Con lágrimas en los ojos, el mamut alarga su trompa y con mucho cuidado y delicadeza toma al bebé y lo monta sobre su lomo para continuar con la marcha.

Podría haberlo matado al niño y la dificultosa travesía se terminaba allí. Después de todo, el nenito pertenecía a la especie que cruelmente ultimó a su pareja, su cachorro y también puso fin a la sus días de felicidad en soledad y destierro.

No obstante ello, y con lágrimas en sus ojos, tomó tiernamente al niñito y decidió continuar con la travesía para devolverlo a su dolorido padre. Es una película secular para niños que nada sabe de Dios ni mucho le importa, sin embargo el guionista parece que tiene más que en claro el concepto del perdón.

Paul Tillich definió alguna vez el perdón como “El acto de recordar el pasado para poderlo olvidar”

Los seres humanos vamos acumulando vivencias de todo lo que nos pasa en nuestras vidas. Los recuerdos de esas experiencias sin importar qué tan buenas o malas sean, sólo pueden permanecer en la “capa conciente” de nuestra mente por un relativamente corto tiempo. Pasado cierto lapso, se van depositando en una capa algo más profunda que es el subconsciente, dando lugar así a las nuevas vivencias. Todos y cada uno de los recuerdos permanecen “vivos” allí, aunque nuestra mente no los pueda “ver”. Es por ello que vamos olvidando algunas cosas y en determinados momentos es posible volver a sacarlas a la luz con alguna cuota de esfuerzo… Pero transcurrido un lapso suficiente, esos recuerdos quedan sumergidos en una capa de nuestra mente aún más profunda, a la cual ya no nos resulta posible acceder, es el inconsciente.

Esto sucede con absolutamente todas y cada una de nuestras vivencias. Con los eventos felices y con los tristes también. Es por ello que hay personas que viven una vida de tristeza y dolor, evitan ciertos lugares o tratar con determinadas personas les causa angustia, aunque éstas no les hayan hecho nada malo en particular.

Las voces del inconsciente no se pueden recordar, pero dejan sentir sus ecos. Hay personas en nuestras vidas que nos han causado mucho daño. Tal vez en nuestra niñez o juventud, o ya durante nuestra adultez, pero hace mucho tiempo. Creemos haber olvidado lo ocurrido, sin embargo cuando tratamos con alguien con características parecidas, o nos toca vivir situaciones similares, nos sentimos incómodos, tenemos temor, angustia o desconfianza ante ellas. Es que los recuerdos no han muerto, no se han borrado. Nuestra mente consciente no los recuerda, pero sus gritos desde lo profundo se hacen sentir.

A esto es lo que refería Tillich, cuando hablaba del “acto de recordar para poder olvidar”.

De nada sirve “sepultar” en lo profundo de nuestra mente un hecho infructuoso de nuestra vida y cerrar esa puerta con vehemencia. Su recuerdo nos torturará y perseguirá por el resto de nuestras vidas. El dolor por la misma puerta por donde entró es por donde debe salir. No hay otra solución. Los seres humanos funcionamos así.

En la medida en que un mal episodio de nuestra vida se pueda convertir tan sólo en un mal recuerdo,  hará la diferencia con un mal recuerdo que hace daño. Habida cuenta de que nuestro perdón no absuelve ni “renueva” el crédito al ofensor, pero sí tiene el poder de liberarte a tí de las tenazas que te sujetaban a él.

Por: Luis Caccia Guerra

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