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viernes, 8 de mayo de 2015

La iglesia a la Sombra del Consumismo




Todavía recuerdo esos dos momentos, tan aparentemente sencillos y sin mayor trascendencia, uno en mi iglesia local y otro en una ciudad de un país sudamericano...
La iglesia ante la sombra del consumismo
Todavía recuerdo esos dos momentos, tan aparentemente sencillos y sin mayor trascendencia, uno en mi iglesia local y otro en una ciudad de un país sudamericano:

«Pastor, nos estamos cambiando de iglesia porque en la otra congregación tienen un buen programa para niños que está más a tono con la necesidad de nuestros hijos pequeños… y anhelamos que ellos sigan al Señor desde su infancia».
«Pastor, mi visión es que mi iglesia se convierta en la primera mega-iglesia de la ciudad y estoy trabajando en ello… ya estoy ministrando en la radio y en la televisión».
Me tomó años darme cuenta que ambas conversaciones reflejaban, más que instancias aisladas, un cambio de actitud y perspectiva que comienza a tomar cada vez más fuerza en la Iglesia Evangélica Latinoamericana.

Lo que parecen acciones motivadas por buenas y loables intenciones, más bien proyectan una nueva «comprensión» de lo que es ser Iglesia. Tal pareciera que estamos sucumbiendo más y más a la «cultura del consumo» y a su consecuencia natural, el «consumismo».

El diccionario de la Real Academia Española define «consumismo» como la «tendencia inmoderada a adquirir, gastar o consumir bienes, no siempre necesarios». Pero esto, más bien parece enfocarse en las actitudes y prácticas económicas de la población… ¿o será que hay algo más detrás?

Quisiera enfocarme, si bien brevemente por lo limitado del espacio disponible, en las dos caras de la moneda del movimiento evangélico de hoy: en nosotros como creyentes y como líderes.

¿Qué mentalidad comienza a caracterizarnos como creyentes?

En primer lugar, no cabe duda que el perfil económico de la Iglesia en nuestro continente ha cambiado radicalmente. Hace apenas 50 años, nos caracterizábamos por ser iglesias de gente humilde con poca preparación académica… hoy, por la gracia de Dios son cada vez más los creyentes —y sus hijos— que poseen educación avanzada. Eso también se ha reflejado en el aumento del ingreso del creyente promedio en nuestras iglesias. Pero, ¿cómo impacta aquello en la obra del Reino?

Muchos de nuestros creyentes han abrazado el patrón de consumo de la sociedad en la que estamos inmersos y ahora quieren más y más de lo último. Nuestros jóvenes, aun los más humildes, lucen extravagantes teléfonos inteligentes y zapatos deportivos de marca. Nuestros hermanos en la fe luchan por agregarle a sus viviendas todo tipo de lujitos «según sus posibilidades». Cada vez más, vemos autos más grandes y nuevos en el estacionamiento o en las áreas adyacentes al templo. Si bien no siempre nuestros hermanos cuentan con los recursos para adquirir dichos bienes y los servicios resultantes, recurren con frecuencia a las opciones de crédito cada vez más asequibles. Pareciéramos ser víctimas de las mismas campañas publicitarias de los medios de comunicación que afectan al resto de la población.

Sin embargo, como los recursos que cada creyente posee son, en última instancia, limitados, entre más gastamos en satisfacer los deseos del corazón, menos quedará disponible para invertir en la obra del Reino. Las ofrendas para misiones y proyectos evangelísticos parecieran languidecer, al mismo tiempo que mejora la vestimenta y el estatus económico de nuestra membresía. Por favor, no me malentienda, no es que nuestra gente haya dejado de dar, sino que dar para el Reino no es prioritario, y mucho menos para una causa que demande sacrificio e incomodidad, como lo fue para nuestros hermanos macedonios del primer siglo (2 Corintios 8.1-4).

Tal vez pensemos que esto solo aplica al creyente común, pero no es así. Hace unos años, mientras participaba de una reunión de pastores, el predicador invitado compartió un poderoso mensaje profético en el que nos animaba a pedirle a Dios lo que añoraba nuestro corazón. El mío se quebrantó al escuchar el clamor de mis colegas del ministerio levantar oraciones como: «Señor, tú sabes que necesito un auto nuevo…», «Señor, siempre te he pedido una casita propia para mi familia…», etc. En un momento en que el Espíritu Santo se estaba moviendo, no hubo quien llorase y pidiese por su comunidad y sus flagelos, por la salvación de familiares, vecinos y amigos, por la restauración de quienes se habían apartado, etc. Todo se centró en nosotros mismos y en nuestras propias necesidades del momento. No me malinterprete, todas eran peticiones válidas… ¡pero cuán distintas fueron las del joven rey al que Dios le dio la misma oportunidad (2 Crónicas 1.7-10)!

Claro está que la definición de «consumismo» del diccionario siempre enfrentará el problema: lo que para algunos es un gasto innecesario, para otros es de suma importancia… es un asunto de perspectiva relativa. Y tal vez ese sea el problema, que hemos dejado de fundamentar nuestras decisiones en los valores eternos de la Palabra de Dios y simplemente lo hacemos en base a nuestra opinión. ¡Y todos sabemos que nuestra “opinión” puede cambiar muy fácilmente… tan solo basta que cambien las circunstancias que nos rodean! Pero creo que el problema que enfrentamos como creyentes trasciende lo económico. Tiene que ver con la actitud resultante de darle demasiada importancia a adquirir y poseer aquello que sentimos que «agrega valor» a nuestras vidas y a la de nuestras familias. Esto me lleva a la primera conversación citada al principio del escrito.

¿Qué mejor actitud que la de unos padres que se preocupan por la salud espiritual de sus hijos? ¿Por qué no buscar lo mejor —el mejor programa, los mejores maestros, las mejores instalaciones— para ellos? Bueno, tal vez esto nos lleve precisamente a concluir que buscamos y examinamos a las iglesias locales con el mismo lente con que examinamos las vitrinas y escaparates de las tiendas por departamento, para encontrar el producto que mejor nos luzca. Si bien la iglesia local tiene la responsabilidad de servir a la comunidad de fe, no es menos cierto que dicho servicio trasciende en mucho la relación proveedor-cliente del mundo comercial. La iglesia y su liderazgo no están para satisfacer nuestros deseos y anhelos, ni siquiera para respaldar de manera indiscriminada nuestros sueños y aspiraciones. Están para promover la causa del Reino de los cielos, para «perfeccionarnos a todos nosotros para la obra del ministerio» (Efesios 4.11-12).

Esto implica que nos incorporamos a una iglesia local para aprender a ser más como Cristo y servir a la comunidad por la que derramó su sangre, de la manera en que Él nos dirija a hacerlo. Lo sencillo y práctico de la demanda divina encuentra su mejor expresión en las palabras del Maestro: «¿Por qué me llaman “Señor” y no hacen lo que les digo?» (Lucas 6.46, parafraseado).

Al enfrentar este problema, como creyentes necesitamos «ponernos la mano en el corazón» y preguntarnos si no será que nosotros, como pastores y líderes, hemos propiciado —si bien con las mejores intenciones— el afianzamiento de esa mentalidad.

¿Qué mentalidad pudiera estar influyendo en nosotros como pastores y líderes?

La mentalidad de «sociedad de consumo» que comienza a caracterizar a la Iglesia Latinoamericana depende necesariamente de un liderazgo que la alimente y propicie. Y es que, al comenzar a dar un énfasis desmedido al crecimiento de nuestras congregaciones —y con esto hago referencia a la segunda conversación citada al inicio del escrito— dejamos de lado un genuino enfoque en el Reino.

Creo que en medio de una cultura que busca la excelencia como medio para promover su producto por encima de los demás, la iglesia local comienza a caer en la trampa de igualarse con su contraparte comercial. Buscamos brindar a la congregación el programa más excelente posible, acompañado por los mejores músicos, cantantes e instrumentos; los mejores predicadores y maestros; las mejores y más cómodas instalaciones, etc. Si bien nada de esto es malo en sí mismo, jamás reemplazará el claro objetivo de toda iglesia local: formar hombres y mujeres para seguir y servir a Dios donde Él les coloque, en empresas, instituciones y comunidades. No es extraño ver a una iglesia cambiar su equipo de sonido por uno más costoso, remodelar el templo para hacerlo más atractivo y ponerle aire acondicionado o calefacción (según sea el caso), para brindar el mejor ambiente posible. El problema es que todo eso requiere que se priorice el uso de fondos limitados de la iglesia local. Algo se sacrifica cuando invertimos más de la cuenta en mantener a la congregación con nosotros y en atraer a los creyentes de otras congregaciones a la nuestra.

Estoy seguro de que ningún pastor o líder pensaría conscientemente en perjudicar a otras iglesias hermanas; pero también creo que pocos nos preguntamos por qué hacemos lo que hacemos. La reflexión honesta delante de Dios abre la puerta para que el Espíritu Santo nos confronte con nuestras verdaderas motivaciones, ante lo engañoso de nuestro corazón (Jeremías 17.9-10). Lo que generalmente comienza con una sincera carga por llegar a la comunidad de los no alcanzados, no tarda en sucumbir ante las presiones de una comunidad que cada vez más coloca todo en el altar del éxito —entendiendo por éste una iglesia grande, con recursos y visibilidad en la co¬munidad, con su secuela de beneficios tangibles para su liderazgo.

Sí, tal vez hoy la norma —promovida sin mala intención por los medios de comunicación— sea la de una iglesia que brinda los mejores servicios a su membresía. Aquello se nos muestra en la televisión o lo escuchamos en la radio cristiana. Todos, como pastores, queremos brindar lo mejor a nuestros feligreses, especialmente ante el temor —a veces inconsciente— de perderlos y que busquen otra congregación que sí lo ofrezca. Pero tanto unos como otros hemos dejado de lado nuestra verdadera vocación.

En ese ambiente de competencia por mantener miembros que buscan la mejor «iglesia local», nos desvivimos por ofrecerles más por menos. Les brindamos genuinos espectáculos de alabanza y adoración excelente; y les damos enseñanzas de calidad en el mínimo tiempo posible, para evitar cansarlos o interferir con el resto de su día. La contraparte de este enfoque es que abraza también una mentalidad de especialización de la mano de una dotación y capacitación superiores. Eso convierte a la mayoría de nuestra membresía en meros espectadores y críticos consumados del culto evangélico. Y por ende, cada vez más surgen comparaciones entre iglesias locales, entre equipos de alabanza y entre predicadores. ¡Y por supuesto que ninguno de nosotros quiere quedar del lado menos favorecido!

¿Qué hacer al respecto?

Estoy convencido de que la solución al problema planteado no es ni complicada ni difícil si optamos por preferir la agenda de Dios. Se trata de volver la mirada a la Iglesia Primitiva y a la que ha perdurado por más de dos mil años sobre la Tierra enfrentando todo tipo de persecuciones y desastres —de adentro y de fuera. ¿Qué tal si consideramos los siguientes pasos?

Enseñemos todo el consejo de Dios a la congregación —como lo hiciera el apóstol (Hechos 20.26-28)— y no tan solo los temas que nos gustan más a nosotros como líderes o que promueven la agenda del momento de la iglesia local, o animen a la gente a ofrendar más.
Enfaticemos lo que está en el corazón del evangelio (lo vital) y no sus periferias (lo secundario): la salvación del no creyente (Marcos 16.15), el discipulado y la formación del creyente (Mateo 28.19-20) para la obra del ministerio que, necesariamente, implica ganar a otros para Cristo y no tan sólo servir en los confines del templo.
Enseñemos que solo somos mayordomos, y no dueños de los bienes y recursos que Dios ha puesto en nuestras manos con propósito eterno: ¡que sean de bendición a la comunidad en la que fuimos implantados por Dios… y más allá! Esto implicará dar generosamente y aun de manera sacrificial para la obra de Dios (2 Corintios 9.6-8), pero nos corresponderá a nosotros, como pastores y líderes, asegurar que tales ofrendas sean invertidas en expandir el Reino y no en «mantener» a los creyentes dentro de la comunidad o mejorar la calidad de vida del liderazgo.
Asegurémonos de modelar en nosotros, como pastores y líderes, una actitud enseñable ante la Palabra de Dios, permitiéndole corregirnos; y estemos dispuestos a compartir tales correcciones con la congregación a medida que crecemos en ella. Oremos para que podamos ser genuinos ejemplos de hombres y mujeres que colocan la expansión del Reino —y no el crecimiento numérico o financiero de nuestra congregación— como primera prioridad; y atrevámonos a convertirnos en los principales dadores de la congregación.

¡Adelante y que el Señor les bendiga!

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