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martes, 2 de diciembre de 2014

Perdonanos asi como hemos Perdonado


La crisis de la vida pueden dejar profundas heridas en el corazón. Las raices de amargura facilmente pueden robar nuestra alegría y nuestra paz. La Oración del Padre Nuestro nos enseña a perdonar como perdonamos a nuestros deudores.




Duncan y yo estamos solos en la cocina, teniendo una de esas conversaciones que tienen los esposos cuando no están de acuerdo. No nos estamos insultando, pero alternamos entre la frustración y la ira con cada palabra.

En algún punto de este intercambio, siento como si se me ablandara el corazón y decido escuchar atentamente lo que Duncan está diciendo, y finalmente comienzo a entender la manera en que se siente. Mentalmente ignoro las heridas del pasado y me calmo en mi silla.

Aunque nuestros desacuerdos no siempre terminan tan fácilmente, con los años hemos aprendido a ponernos la vestidura del perdón más a menudo.

Esto tengo que agradecerlo a mi padre. Él era un hombre sumamente egoísta y trastornado que nunca tuvo interés en saber de mí. Pero Dios tenía algo reservado para mí por medio de él. Todo comenzó con una llamada telefónica de mi hermana hace algunos años.

“Leslie, papá estuvo hospitalizado en Virginia la semana pasada. Piensan que pudo haber tenido un pequeño ataque cardíaco. Me acabo de enterar hoy”.

Mi padre tenía entonces alrededor de unos ochenta y cinco años de edad, y desde que abandonó nuestro hogar, veinticinco años atrás, lo había visto apenas tres veces.

—“¿Cómo lo supiste?”

—“Hablé con él por teléfono hoy”.

—“¿Has estado hablando con papá?”

—“Sí, he estado llamándolo casi todas las semanas”, dijo con voz calmada y confiada.

—“¿Todas las semanas? ¿Y habla contigo?”

No podía ocultar mi asombro y mi confusión. No podía creer que de los seis hermanos, fuera ella la que lo llamara. Por años, nuestro padre abusó sexualmente de ella en las noches, mientras nosotros dormíamos. Mi padre no se relacionaba con más nadie. No demostraba ningún interés por sus seis hijos, ni tenía amigos.

Me quedé en silencio por un momento, y luego le pregunté: “¿Por qué estás haciendo esto, Laurie?”

A lo que ella respondió: “Porque lo he perdonado”.

No pude hablar por la sorpresa. La manera en que abusó de mi hermana era suficiente para justificar mi ira contra él. Por otro lado, crecimos viendo cómo su retraimiento y su incapacidad de cumplir con las tareas más simples le costaron un trabajo tras otro, hasta que nadie más quiso emplearlo.

Sin un ingreso, vivíamos en una pobreza permanente. Una vez tomó el único dinero que nos quedaba para vivir y se marchó, dejándonos sin un centavo por un tiempo. “Nuestro padre arruinó mi vida”, fue lo que Laurie me dijo en una ocasión. Por eso nunca pensé en orar por mi padre, quien además era ateo.

Pocas semanas después de la llamada de Laurie, mientras leía la oración de Jesús en Mateo 6.12 (NVI), llegué a las familiares palabras: “Y perdona nuestros pecados, así como hemos perdonado a los que pecan contra nosotros”. Me detuve como si hubiera leído esas palabras por primera vez. ¿Qué es esto? Pronuncié las palabras en voz baja.

¿Qué estaba haciendo esa frase allí? “¿Perdona nuestros pecados así como hemos perdonado a los que pecan contra nosotros?” ¿Cómo podía yo no haberme dado cuenta de eso durante todos estos años? ¿Estaba Dios conectando, de alguna manera, su perdón a nuestro perdón? No podía escapar más de estas palabras.

Siempre he creído en el perdón, por supuesto. ¿No es esto la esencia del evangelio? ¿No sabía yo que el perdón de Dios de mi desobediente corazón me había dado libertad y gozo? Pero —¿perdonar a mi padre?

Fue así como comenzó mi regreso a la vida de mi padre. Volé desde mi ciudad varias veces para visitarlo. Lo paseaba por las instalaciones del centro de rehabilitación en una silla de ruedas, lo ayudaba a subir y a bajar de la cama, lo sacaba a pasear en un automóvil rentado, y me sentaba con él a comer. Le compraba ropa, le enviaba regalos en su cumpleaños y en Navidad. Y oraba por él, constantemente.

Estas atenciones fueron difíciles y discretas al principio. Él no hablaba mucho, como siempre. Raras veces me daba las gracias. Varias veces me dijo en tono desafiante que era un ateo. Y en medio de mis atenciones y mi cuidado, nunca pude librarme de la conciencia que cada acto de bondad que le demostraba, era algo que él jamás me había demostrado a mí.

Pero comencé a ver el dolor que había en su vida. Vi que pocas personas —quizás ninguna— lo amaban, y que algunas habían sido violentas con él. Me di cuenta de que, probablemente, por eso era incapaz de amarme como yo esperaba o quería. Dejé entonces de sentir lástima de mí misma, y pude llorar por las heridas que él había recibido.

Pero no podía ignorar todo el daño que mi padre me había hecho a mí y a mi familia. De hecho, para poder perdonar es necesario que seamos sinceros en cuanto a lo que ha sucedido. Sin embargo, deje de estar llena de sentimientos de odio y dolor. Llegué a entender de una manera cada vez más profunda que el perdón que Dios me dio —su perdón de todas las deudas que tenía con Él— podía sanarme para que perdonara a mi padre.

Y lo hice. Pero este no es un cuento de hadas. Perdonar las deudas de mi padre no salió exactamente como yo esperaba. Había deseado que el correspondiera a mis acciones —que me aceptara, que me diera las gracias, e incluso que dijera que me amaba. Incluso, esperaba que el perdón que le había dado lo guiara a buscar el perdón de Dios antes de que muriera. Pero nada de eso sucedió.

Aunque su corazón se ablandó durante un tiempo después de su apoplejía y mejoró de salud, reafirmó su incredulidad y tenía una actitud indiferente ante cualquier mención del evangelio. Tampoco expresó ninguna preocupación o amor por mí, ni siquiera en mi última visita, cuando ambos sabíamos que no volveríamos a vernos otra vez.

No puedo mentir diciendo que esto no me duele. Pero he descubierto que el amor de Dios nos da tanta fortaleza que somos capaces de amar y perdonar incluso a quienes nos han herido y que no pueden corresponder a nuestro amor.

Aquí hubo, entonces, un final que yo no había previsto. El perdón que di a mi padre está sanando mis heridas y la amargura que hay en mí, ayudándome a ser poco a poco la persona que Dios quiere que sea: balanceada, que no se ofende con facilidad, bondadosa y rápida para perdonar. Han sido necesarios dos padres para saber realmente esto —uno que hirió y Uno que no deja de sanarme continuamente.

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